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viernes, 20 de agosto de 2010

M. I. Finley: Politics in the Ancient World



Una magnífica y apretada síntesis (Cambridge University Press, Cambridge, 1983) del funcionamiento de las primeras comunidades políticas (en Grecia y, en menor medida, en Roma) de las que tenemos noticia que funcionaron con un cierto grado de participación popular en sus procesos de toma de decisiones. Particularmente interesante por despegarse sin rebozo de los "grandes clásicos" (Platón, Aristóteles, Cicerón, etc.), para centrarse, con el objetivo del realismo, en las prácticas e ideologías políticas (presumiblemente) más difundidas.

Precisamente, el carácter (comparativamente) microscópico de los procesos políticos de las ciudades-estado es lo que los vuelve tan interesantes para el estudioso de la moderna dinámica política: a pesar de las notabilísimas diferencias (ausencia de partidos políticos y de medios de comunicación de masas, existencia de mecanismos de democracia directa, diferente tamaño de las comunidades políticas, ausencia de burocracia, etc.), es posible detectar, en aquellos, características esenciales e imperederas del hecho político (no de la policy, sino de las politics -distintiva palabra inglesa, que alude precisamente a los procesos en los que las policies son adoptadas). Adoptando, así, la estrategia de investigación del uso controlado del anacronismo que Nicole Loraux ha recomendado vivamente.

En este sentido, es interesante llamar la atención acerca de varios hechos relevantes:

- La existencia de participación política no implica necesariamente ni igualdad ni universalidad de la participación. Menos aún implica igualdad material entre los sujetos con derecho a participar.

- La política tiene que ver siempre con la generación de liderazgos. (no necesariamente formales). Y los liderazgos se generan no sólo por razones ideológicas, sino también (y, quizá, principalmente) a través de redes informales (en las que influyen las desigualdades de poder y de recursos). Participación y liderazgo no son posibilidades contrarias, sino complementarias: la mayoría de quienes participan necesitan de líderes (más aún: muchas veces, sólo participan precisamente en atención a dichos líderes).

- En cualquier sistema político abierto a (mayor o menor) participación popular, necesariamente surge el conflicto: en torno a intereses (de clase, pero también de grupo y de personas). Para la mayoría de los participantes, los intereses tendrá que ver con su vida cotidiana: precios, salarios, alimentación, vivienda, etc. Para unos pocos, también con sus carreras políticas.

- La cuestión de la legitimidad política sólo se plantea de forma excepcional, en situaciones de crisis. (En el mundo antiguo, esto parece haber sido incluso más raro: acaso, apunto, por no existir aún imaginaciones acerca de posibilidades constituyentes alternativas, posibilidades que aparecen ya al menos desde la Baja Edad Media, en el marco de los enfrentamientos entre papado, imperio, reyes y señores feudales.) Y, cuando se plantea, usualmente es resuelta, a nivel popular, a través de vaguedades ideológicas, que tienden a dar por supuesto la legitimidad del régimen imperante. De hecho, los movimientos (a posteriori calificados como) revolucionarios, casi siempre comienzan como reclamación de las (míticas) "viejas y buenas leyes y usos", como una renovación y revigorización del régimen imperante. El adanismo político es, pues, un fenómeno completamente contemporáneo.

- Las democracias antiguas sólo pudieron permanecer (más o menos) estables, dada la desigualdad material (y, por consiguiente, el potencial conflicto de intereses) de los miembros de la comunidad política con derecho a participar allí donde el imperialismo externo permitió aliviar las tensiones. En el resto de los casos, la amenaza de la stasis estuvo permanentemente presente.


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