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lunes, 23 de noviembre de 2009

"Terrorismo" y literatura: historia de un desencuentro





En un artículo mío, actualmente en prensa (en un volumen colectivo sobre terrorismo, editado por Iustel y coordinado por mis colegas de la Universidad de Castilla-La Mancha J. R. Serrano Piedecasas y E. Demetrio Crespo), que versa sobre políticas criminales en materia de "terrorismo" (grupos armados con finalidad política), pongo de manifiesto cómo uno de los hechos más sorprendentes con que me he encontrado en mi análisis del tema -de entre las muchas anomalías que rodean a este vidrioso objeto de estudio- es la aparente incapacidad de la literatura, aun de la de calidad, para abordar el tema desde una perspectiva que se tome en serio al "terrorista" como personaje que obra por motivos racionales, políticos, con una estrategia política razonable. Señalo allí mi sorpresa ante la aparente incapacidad de l@s escritor@s para empatizar con el "terrorista", para ponerse en su lugar (cuando, como es sabido, l@s grandes escritor@s han sido y son capaces de ponerse en la piel de tiranos, de asesin@s, de enferm@s mentales, de delincuentes sexuales,...).

En el artículo que menciono cito una serie de obras literarias que tienen al "terrorismo" como (cuando menos, uno de) su tema principal: Los demonios, de F. Dostoyevski; El dinamitero, de R. L. Stevenson; La princesa Casamassima, de H. James; Aurora roja, de P. Baroja; El agente secreto y Bajo la mirada de Occidente, de J. Conrad; El cónsul honorario, de G. Greene; La buena terrorista, de D. Lessing; Mao II y El hombre del salto, de D. DeLillo; El maestro de Petersburgo, de J. M. Coetzee; y Terrorista, de J. Updike. Y apunto como única excepción (aunque parcial, por concentrarse más en cuestiones morales que en las propiamente políticas) Los justos, de A. Camus.

Desde entonces, he podido leer otras dos novelas que tratan el tema: Asedio preventivo, de Heinrich Böll; y, recientemente, Shalimar el payaso, de Salman Rushdie. De nuevo, sin embargo, a pesar de la diversidad de perspectivas adoptadas por ambos autores, el personaje del "terrorista" -del subversivo político- se diluye: detrás de consideraciones humanistas, en el caso de Böll; detrás de una epopeya de amor, odio y venganza, en el caso de Rushdie. Me temo que los "terroristas" de verdad no se reconocerían (y no les reconoceríamos) verdaderamente tampoco en ninguno de estos dos retratos.

¿Cómo afrontar, entonces, un fenómeno que parece que somos incapaces de incorporar de manera racional a nuestro imaginario, que parece que hasta los más brillantes literatos abordan más como exorcismo que con ojos comprensivos? En mi opinión, este hecho literario resulta, en el plano político (y, por consiguiente, también en el político-criminal), más significativo de lo que pudiera parecer, ya que quizá nos indica aspectos del imaginario social en la materia que explican muchas de las irracionalidades e inconsistencias de las políticas reales. (Se puede elucubrar acerca de la causa de esta incapacidad: extracción de clase de l@s escritor@s, autocensura, ideologización desde el poder,...)

Yo constanto un hecho. Pero admito sugerencias, acerca de su alcance y de su explicación.

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